Domingo, 20:44, otra semana que acaba (o que empieza, en función de qué calendario tomemos como referencia). Un bardo exhausto, exiliado por razones vagas e imprecisas, descansa en su camastro, anotando cuidadosamente en su libro de gestas los pormenores de una vida tibia. Ecos de las hazañas de un amigo, trasmitidas por el aire gracias a una poderosa magia, le sugieren material para una composición lírica: la narración del primer encuentro con una dama, quién sabe si algo más. A lo lejos se oye la voz de un trovador llamado Renato Carosone cantando en una lengua cercana.El fin de semana comenzó con esperanza: un opíparo banquete que se alargó hasta la madrugada. El sábado, una llana sucesión de minutos, interminable procesión, marcada por una vuelta a la maquinación belicosa que marcara el trascurso de la jornada laboral tiempo atrás. Hasta ese punto llega al hastío que cualquier divertimento se abraza con ambas manos con el ansia del cadáver en tránsito reacio a caminar hacia la luz. El domingo, otra misiva, esta vez para confirmar un cambio de morada, una mejora o una demora, según como se mire.
En pocas palabras: otro fin de semana desaprovechado, deprimente y aburrido... y van unos cuantos. ¡Si al menos el bardo contara con una princesa (o varias) para colarse por su balcón y atemperar las horas muertas!
Cierra el libro. Deposita la pluma en el tintero. Fin de la miscelánea.


No comments:
Post a Comment