2008/02/04

El don de la palabra

Hay gente que escribe bien. Se da por supuesto que nosotros - los periodistas de pensamiento, palabra, obra u omisión - escribimos bien; esto es un implícito, un pleonasmo si me permiten caer en la pedantería. Alguno de mis amigos de la facultad - no daré nombres - escriben de forma genial y da gusto leerles, aunque se prodiguen poco y hayan incluso desertado de la profesión en alguno de los casos. No les culpo. A título personal y a riesgo de envenenaros con una sobredosis de ego, llevo escribiendo desde los 14 años y como prueba de esa época todavía pulula un cuento romántico que mi hermana atesora en algún lugar del revoltijo de recuerdos que ahora, supongo, se hayan metidos en cajas precintadas tras la renovación de nuestros cuartos; eso y alguno de los "poemas de juventud", los que escribía cuando el calor de los veranos placentinos empujaban al insomnio a base de collejas, entre ellos su favorito, "Oda a un reloj". Llevo escuchando "qué bien escribes" desde que era pequeño, pero más tiempo llevo esforzándome por escribir bien; porque, señores y señoras, he de confesar que no soy un genio, que esto es fruto del trabajo y del tesón y que solo soy un esforzado escriba vocacional al que a menudo tienen que empujar a escribir porque siente miedo de leerse a sí mismo.



Es por eso quizá que cuando me topo con alguien que parece escribir sin esfuerzo y que todo lo que plasma lo hace con una brillantez y una agudeza sorprendentes, no puedo evitar sentir un poco de envidia, no siempre sana. Eso pasa con la autora de uno de los blogs que desde hace algunos días nutren el apartado de "Blogs para malakas"; el título del mismo La Tremolina. La autora, una exbecaria de Turespaña que tuve el gusto de llegar casi a conocer a través de un bombardeo intermitente de emails. En el primero de ellos me decía algo así como "Extremeño tenía que ser, con lo mal que me caen". Desde entonces le tengo cariño y desde entonces la culpa me corroe por haberla decepcionado ya en los albores de una inconclusa amistad - y digo inconclusa porque, a todos los efectos, para mí usté no es más que un ente todavía, a la espera de que mi condena acabe y podamos tomar alguna cosa en Madrid y adjudicarle a usté un cuerpo material. Qué le vamos a hacer, señorita, ojalá hubiera nacido en Aberfoyle (en éste no en éste otro) para poder llevar falda con orgullo; pero uno no elige donde nace, a uno le nacen a la fuerza y a mí la Roci me nació en Plasencia. Aún con todo, siendo un poco musa y creadora, mito y poetisa, alternando esa dualidad a veces irreconciliable, debo admitir que es uno de los pocos blogs que leo con verdadera devoción (no se me celen los demás).

Y para acabar, una recomendación: cliquen el link y sumérjanse en ese delicioso conjunto de palabras que es La Tremolina, y es que la señorita M., ex-expatriada de H. (o repatriada, según se mire), tiene el don de la palabra, hasta donde yo sé, escrita.

1 comment:

Jafuda Cresques said...

Txetun,
Estoy completamente de acuerdo contigo: escribir bien (en el amplio sentido de esta expresión, es decir: saber expresarse, no hacer faltas de ortografía ni puntuación, por ejemplo) no sólo es un don, sino una habilidad que hay que estudiar y trabajar. Eso sí, hay excepcione que confirman la regla, y yo he tenido la suerte de compartir pupitre con uno de ellos. Por ejemplo, a los 15 años ya publicada cuentos maravillosos en la revista del colegio, para pasarse al cabo de los años al otro lado del espejo y dedicarse la crítica literia, donde sus artículos, a pesar de ser bastante densos (¿espesos?), no dejaban de ser interesantes, educativos. Y como todo genio (que lo es) es más raro que un perro verde: trabajando en su doctorado, pasó 6 semanas encerrado en la biblioteca de Weimar, revisando la correspondencia de ETA Hoffmann, para ver si encontraba algo que "acabara de dar forma" (creo que dijo eso) un capítulo que no acababa de ver del todo bien. Lo mejor de todo es que, a pesar de ser un gran lector, desde que le conozco, siempre se ha expresado de tal forma (incluso con dos copas de más, o un lunes a las 8 de la mañana) que uno no tenía más remedio que tomarle por un nieto de Camilo Jose Cela...