Luego tocó la mudanza, al centro de la ciudad. Desde que llegara a Toronto, mi idea era compartir piso con un/a canadiense para asimilarme mejor al país. Entonces di con Cheryl en Pembroke, justo en mitad de un universo de mendigos y prostitutas de noche, a 500 metros de la universidad de Ryerson, a 800 metros de Dundas Sq. En el downtown, downtown.
Y poco a poco eché raíces, pinté la habitación de azul piscina - para maquillar los restos de reincidentes insecticidios -, planté un escritorio, algunos posters, un televisor de un donante anónimo, un DVD, libros y chucherías varias con las que personalizar las impersonales dependencias con tufo a vidas pasadas con que me topé al llegar. Eso sí, de cama nada, sigo durmiendo en el futón heredado de Heli, fingiendo que es un jergón como en el que dormían los aventureros de siglos pasados... Desde luego que no me aburro por falta de imaginación. Y justo cuando empezaba a ganar la batalla de espacios en la cocina, cuando su arisca gata acudía a mí como si fuera yo el amo y no un refugiado venido de allende los mares, cuando las hoscas miradas del principio se tornaron en amplias sonrisas condescendientes (las mismas sonrisas que esbozamos cuando el extranjero de turno se expresa en su español de chiste), justo entonces hacemos un gurruño, como el guionista frustrado - y permítanme que piense en el personaje de Charlie Kauffman en El Ladrón de Orquídeas, y a empezar de nuevo... o de viejo, según se mire.Pero todo eso ya lo sabéis, porque soléis leer esto o hablar conmigo... También justo entre la semana pasada y hoy cerré los preparativos de un viaje que, aunque planteado como unas vacaciones, en realidad supondrá en algunos aspectos un cambio en un elemento sustancial de mi vida en Toronto (o de mi vida desde que llegué a Toronto). Y aunque uno viva rodeado de cambios, eso no quiere decir que no los tema... hay cambios que producen mucho miedo, aunque en apariencia pueda no parecer que lo tengo.


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