
Habito en un caos circunstancial (¿o es perenne? No recuerdo, lleva tanto tiempo así) que no acaba cuando salgo del portal, que se extiende como una constante en esta ciudad, alimentado por la nieve (que en una aglomeración bulliciosa como ésta, lejos de enterrar la actividad con un manto de inocencia, en apenas unas horas, donde antes hubiera una sábana de uniformidad afloran lodazales de acelerada inconsistencia). Los acontecimientos se precipitan a medida que la espera se acorta y lejos de la esperanza o la impaciencia mi cuerpo se vé petrificado ante el pánico a la maleta con las fauces abiertas que ansía engullir con gula la calma chicha que define mi estancia, agazapada y sigilosa, esperando en lo alto de mi lecho. La maleta por hacer, esa abominación mitológica.
Toronto o la impermeabilidad del caos. Y en mitad de tareas sin acabar, de cubiles efervescentes, de climatologías inestables, de adaptaciones por enésima vez consecutiva a realidades siempre cambiantes... no se me ocurre otra cosa que abrir un paréntesis y emigrar al pasado que es presente solo en su lógica interna. Es el fin del mundo como lo conozco y me siento bien. Veamos cuánto dura. :-)


No comments:
Post a Comment